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Durante años, la jagua creció de manera silvestre en zonas rurales del Oriente y el Magdalena Medio antioqueño sin que las comunidades encontraran en este árbol nativo una alternativa productiva. Ahora, sus frutos comienzan a incorporarse a una cadena de valor que combina restauración de ecosistemas, conservación de bosques y generación de ingresos para familias campesinas.

El cambio hace parte de un proyecto desarrollado mediante un convenio entre Cornare y Ecoflora, con Masbosques como aliado ejecutor, que convirtió la siembra de jagua en una estrategia de restauración productiva. La apuesta busca demostrar que recuperar especies propias del territorio también puede generar oportunidades económicas para las comunidades que habitan estas zonas.

La iniciativa tiene presencia en los corregimientos de Aquitania, La Danta, Las Mercedes, El Prodigio, Aragones y Altavista, además de la vereda Pocitos y otros sectores de San Francisco, San Luis, Puerto Triunfo y la zona cálida de Sonsón, territorios donde la Genipa americana hace parte de la flora nativa.

El interés por esta especie está relacionado con una característica de su fruto: contiene un pigmento azul natural utilizado por las industrias cosmética y alimentaria. Ese potencial permitió construir una cadena en la que las familias campesinas se encargan del establecimiento y cuidado de los árboles, mientras Ecoflora recibe y transforma posteriormente los frutos.

El proceso comenzó en 2019 con un proyecto piloto que vinculó a 100 familias, cada una con una hectárea sembrada, para completar 100 hectáreas bajo sistemas silvopastoriles. En cada predio se establecieron aproximadamente entre 500 y 600 árboles por hectárea, con la posibilidad de combinar posteriormente esta actividad con otros usos productivos.

La particularidad de la iniciativa está en que los resultados no son inmediatos. Las familias deben esperar varios años antes de que los árboles alcancen su etapa productiva, por lo que durante ese periodo el acompañamiento técnico y los incentivos ambientales han sido parte fundamental del proceso.

Cerca de 70 familias fueron vinculadas al esquema de Pago por Servicios Ambientales, recibiendo incentivos económicos por conservar los bosques de sus predios y garantizar el mantenimiento de los cultivos mientras la jagua avanzaba hacia su etapa productiva.

Para Rubiela Guzmán, productora de Aquitania, ese acompañamiento ha sido determinante para mantener la confianza en una apuesta que requiere tiempo. “Me gusta mucho este proyecto porque son árboles que también sirven para proteger el medio ambiente. Lo que más valoro es que no nos han dejado solos; muchas veces los proyectos fracasan porque empiezan y luego nadie vuelve. Aquí ha habido acompañamiento y eso le da a uno la confianza para seguir adelante”.

Un árbol que ahora tiene valor productivo

Los primeros cultivos empiezan a entregar frutos y con ellos comienza a tomar forma la cadena comercial que sustenta la iniciativa. Después de la cosecha, el producto es recolectado, transportado y seleccionado antes de llegar a Ecoflora para su transformación.

Para Albeiro Lopera Henao, funcionario de Cornare, el proyecto también ha significado un cambio en la percepción que tienen los productores sobre esta especie. “Es un proyecto muy interesante porque por primera vez se industrializa esta especie pionera de nuestra flora nativa. Hoy los productores empiezan a obtener ingresos económicos por la venta del fruto y la jagua se está convirtiendo en el principal ingreso para muchas familias de la región. Antes no veían ningún beneficio en este árbol; hoy conocen sus bondades y su potencial para generar bienestar mientras conservan sus predios”.

El proceso productivo también genera actividad económica alrededor de la recolección, el transporte, la selección y la entrega de la fruta, ampliando los beneficios más allá de quienes tienen los cultivos.

José Norvey Hernández García, coordinador de proyectos de Masbosques, destaca precisamente la posibilidad de combinar la recuperación ambiental con una alternativa para la economía familiar. “Este proyecto es una alternativa muy interesante para las comunidades campesinas de la subregión. Son 100 familias que iniciaron el proceso con una hectárea cada una y que, actualmente, comienzan a cosechar sus primeros frutos. Mediante alianzas estratégicas, han aprendido actividades silvopastoriles que les permiten fortalecer su economía familiar en una zona donde el acceso al empleo y a otros procesos productivos es limitado. Además de generar ingresos a partir de una especie forestal nativa, el proyecto contribuye a la restauración productiva y fortalece el compromiso de las familias con la conservación y el cuidado de los bosques”.

Para las comunidades, el desafío ahora es consolidar una actividad de largo plazo. La expectativa está puesta en que el aumento de la demanda por pigmentos naturales permita fortalecer la cadena de valor y ampliar la participación de productores.

Santiago Ruiz, coordinador técnico de Ecoflora para el proyecto, señala que la llegada de las primeras cosechas abre una nueva etapa para las familias. “Este proyecto representa una esperanza para muchas familias porque les permite contar con una fuente adicional de ingresos. Aunque se trata de un cultivo de largo plazo y los primeros frutos comienzan a verse después de varios años, hoy ya estamos iniciando la cosecha. Además de la producción en campo, el proyecto genera empleo en actividades como la recolección, el transporte, la selección y la entrega del fruto, dinamizando la economía de una región donde históricamente han predominado la ganadería y, en algunos sectores, la minería ilegal”.

El proyecto plantea así una alternativa en la que conservar y producir no son objetivos opuestos. La recuperación de una especie nativa se convierte en una actividad económica que puede permanecer en el territorio, generar ingresos para las familias y, al mismo tiempo, contribuir al cuidado de los bosques, el agua y la biodiversidad.

La jagua, que durante años pasó inadvertida entre la vegetación del campo antioqueño, empieza a adquirir un nuevo significado: un recurso de la biodiversidad que puede convertirse en una oportunidad para las comunidades sin dejar de cumplir su función dentro del ecosistema.