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Dicen que la Biblia es reveladora de muchas formas. Pocas, como la que carga Flor Gallego, víctima de la violencia en la vereda La Esperanza, pues en sus páginas agujereadas se relata la historia de miedo y dolor, pero también de lucha y expectativa por la verdad.

El libro impacta a primera vista. Así como impactó en él una bala de fusil que lo atravesó el 27 de julio de 1996, día en el que el Ejército Nacional disparó, según los cálculos de Flor, unos 350 cartuchos de fusil a la vivienda de sus padres. “Quedaron balas en los cuadros, en las cucharas… en la biblia”, cuenta.

Pero más sorprendente aún, es que justo la bala que se alojó en aquel texto sagrado, se posara en Samuel 14 -15, una historia de barbarie del pueblo hebreo frente a los filisteos.

“Y fue esta primera matanza que hicieron Jonatan y su paje de armas, como veinte hombres, en el espacio de una media yugada de tierra”, dice el texto.

La Esperanza, es un pequeño poblado ubicado en jurisdicción de El Carmen de Viboral, a orilla del río Cocorná, sobre la autopista Medellín Bogotá; sus muertos y desaparecidos superan aquella la cifra bíblica. El terror se extendió por todas sus calles, al punto que hoy, según denuncian los líderes, puede desaparecer como consecuencia del conflicto armado.

 “Y hubo pánico en el campamento y por el campo, y entre toda la gente de la guarnición; y los que habían ido a merodear, también ellos tuvieron pánico, y la tierra tembló”

Cuenta Flor que para los oriundos de La Esperanza, el terror comenzó en 1994, ese año se llevaron a cuatro de los hermanos Múnera.  La muerte les dio dos años de aparente calma.

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Flor repite fechas y nombres como si fueran una lección aprendida, como si fueran uno de esos salmos que carga en su mano a pesar de la destrucción de las hojas de la biblia. Entonces dice que el 21 de julio de 1996 se llevaron a Aníbal Castaño y a un menor de edad; que el 22 a cinco personas, y ese día dejaron abandonado a un niño de dos meses de nacido, hijo de uno de los hombres que se llevaron; que el 26 apareció en la vereda el Ejército Nacional, con el papá del bebé y que ese mismo día, los hombres del Estado, atentaron contra la casa de sus padres, porque, supuestamente, estaba llena de guerrilla, aunque ella asegura que sólo estaban su mamá, su papá y su hermano.

El 26 fue el día que la bala atravesó a la biblia, y ese día, se comenzó a desmoronar la casa, una de las pocas situadas en un alto desde el que se divisaba toda La Esperanza, y también ese día comenzó su lucha por el reconocimiento de la verdad.

La oración sigue, Flor toma aire y sigue repitiendo fechas aprendidas, también ese 26 de junio un grupo armado les advierten  a su esposo, a su hermano y a su hijastro, que tienen que salir de ese lugar.

El 27 se llevan a su otro hermano de la capilla, junto con Javier Giraldo. “Él se resiste y como al kilómetro lo bajan muerto”, lamenta.

“El 9 de julio llegan a mi casa y se llevan a mi esposo”, ahí comenzó el proceso de denuncia, y entonces fueron otros los que cayeron en la red, “el 27 de diciembre se llevan a Andrés y a Leonidas”.

En cuentas de Wilson Córdoba, director de la Unidad de Víctimas en Antioquia, fueron 17 desaparecidos en La Esperanza, y aún ahora, las victimas requieren atención, por eso desde su entidad se acompañan iniciativas para la búsqueda de la verdad, la justicia y la no repetición.

Una de esas iniciativas fue un evento de conmemoración de las víctimas del Oriente Antioqueño, celebrado en el casco urbano de El Carmen de Viboral, en el que Flor Gallego, Cémida Cardona y Cruz Hernández, las tres líderes de la vereda, fueron reconocidas por su trabajo de búsqueda de la verdad.

Estas mujeres aseguran que son más, por ejemplo, entre los carteles colgados en las paredes del evento, resaltan cuatro espacios en blanco, en el lugar que deberían ir fotografías, dicen que ellos no están en el proceso porque, aún ahora, 22 años después, las familias tienen miedo de denunciar.

Pero a ellas, aún las mueve la búsqueda de la verdad, saber dónde están sus seres queridos. En el caso de Flor, carga además una muda de ropa, pantalón y camisa gris, de Hernando de Jesús Castaño, su esposo, en una especie de ritual que presenta en los eventos como una manera de decir que aún está ahí su recuerdo.

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La historia de lucha

Ante estos hechos, Flor Gallego cuenta que salió corriendo hacia Cocorná y buscó oídos, más que ayuda, quienes le escucharan lo que estaba pasando en La Esperanza. “De tanto hablar, de tanto repetir, mi historia se hizo la historia de toda la vereda, yo llegaba a denunciar la desaparición de mi esposo, pero también la de mis hermanos, la de mis primos, la de mis vecinos”, dice.

Y ni así pararon los hechos, tanto que en el 2000 hubo un gran desplazamiento y quienes vivían en la zona alta de la vereda se asentaron al borde de la Autopista”, hoy ya no queda mucho de ese poblado.

Y denuncian los pocos que quedan, que si no fue la guerra, ahora la presión para la construcción de pequeñas centrales hidroeléctricas, los terminará de expulsar del territorio.

Instancias Internacionales

El 31 de agosto de 2017 la Corte Interamericana de Derechos Humanos falló en el caso Vereda La Esperanza Vs. Colombia,  condenando al Estado Colombiano por violación de los derechos humanos, en relación a la desprotección a la población civil de La Esperanza.

El fallo, además, pide al Gobierno reconocer la culpabilidad en el caso de los 17 desaparecidos documentados, sin embargo, aún no se procede con el cumplimiento.

Durante el acto, organizado por organizaciones civiles como Conciudadanía, Prodepaz, Corporación Jurídica Libertad, Personería de El Carmen de Viboral y con la presencia de la Comisión de la Verdad y la Unidad de Víctimas, entre otras, las víctimas recordaron que aún esperan por sus desaparecidos y una reparación.

En el evento, voceros de la Corporación Jurídica Libertad, fueron enfáticos en señalar que el hecho fue el origen de graves violaciones de derechos humanos. Como se recalca en la página la Comisión de la Verdad: “Entre junio y diciembre de 2016 se llevarían a cabo las acciones conjuntas entre ejército y los grupos paramilitares del Magdalena Medio que arrojarían la desaparición de 15 personas y un asesinato. El personero de la época, Elí Gómez, asumió el caso y evidenció la responsabilidad de los militares. Sería asesinado en diciembre de ese año y ninguna acción de investigación seria se hizo por estos hechos”, puntualiza.

En 1996 la vereda era catalogada como punto estratégico para las autoridades, pero también para los grupos guerrilleros, por lo cual, se denuncia, aún hoy, que “el ejército creó la Fuerza de Tarea Águila, que sería responsable de los hechos que relatan las víctimas”.

Alejandro Valencia, comisionado para Antioquia de la institución que trabaja de la mano de todas las organizaciones para garantizar el derecho a la verdad de las víctimas y de la sociedad colombiana, señala que “la verdad, como uno de los componentes de la justicia transicional, es uno de los componentes más importantes de la justicia. Las víctimas quieren saber  qué, dónde, cuándo y por qué, antes de tener una reparación integral”, finaliza.

Por eso en el caso puntual de La Esperanza, la comisión ya inició el trabajo de recopilación de memoria de la sociedad civil y de las organizaciones. “La verdad, como uno de los componentes de justicia transicional, es tal vez uno de los componentes más importantes para la justicia, las víctimas quieren saber, dónde, cuándo, por qué. Así la reparación sería más integral y unificadora para una persona que ha sufrido hechos”, explica el Alejandro Valencia.

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En palabras del comisionado, el trabajo apunta a incitar al estado a que cumpla con el apartado de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual hace referencia al reconocimiento del estado de su culpabilidad.

En cambio Flor Gallego, biblia en mano, asegura que el hecho de que haya pasado ya más de un año desde la sentencia y que aún ningún grupo armado legal o ilegal haya querido reconocer los hechos y contar dónde están sus desaparecidos, es una victimización más. Mientras esto pasa, ella seguirá contando su historia y teniendo tan presentes los recuerdos como los orificios del texto sagrado.  Ahí cuenta su verdad.

Por: Carolina Pérez Ramírez